Clotilde
El smog había convertido a la ciudad en una escena sacada de alguna película nocturna de bajo presupuesto. Las pintadas en la calle y la voz que salía disparada de la radio acompañaban la mañana de Clotilde, una jubilada caída en desgracia que se había mudado a Barracas a principios de los 80.
Corría el año 1983. Clotilde le había picado el boleto a Dios. Jugadísima.
El teléfono sonó. La voz del otro lado decía que le habían recomendado llamar a ese número, en búsqueda de una niñera para un caprichoso y malcriado muñeco de madera que vivía en Recoleta.
A la falta de trabajo, a su viudez y a un alma resentida, se le sumaba el hecho de que nunca había podido ser madre.
El círculo se cerraba perfectamente. Para colmo, quien la contactaba era la tía del muñeco malcriado, una lumpen de Saavedra que, en sus momentos libres, se mataba a pajas usando un destornillador.
El pedido era claro: la idea era que Clotilde torturara sutilmente al simpático ser de madera con una bufanda a cuadros que había pertenecido a su padre, un famoso sastre de Capital Federal.
Una mezcla de frenesí, miedo, ansiedad y felicidad invadió a la futura maltratadora infantil.
No podía resistirse.
A todo esto, ya todos estaban seteados en la nueva moda de perder energía y enfermar lentamente, cortesía de los pesticidas y las antenas parabólicas que adornaban la otrora París de Sudamérica.
Es decir, que por más daños que le hayan querido hacer al Pinocho este y a su familia, la condena estaba escrita de antemano, acaso parecida a la causa de angustia directa que subyace en la población general.
Clotilde, a su vez, era tremendista, porque encontraba paz en los disturbios y disturbios en la paz.
Pero no todo era negativo en ella. Un dato curioso causaba estupor entre sus conocidos: era incapaz de mentir.
De mandarse una maldad, el inconsciente la traicionaba y dejaba los dedos marcados en todas partes.
Producto de su diarrea verbal, había estado en un reformatorio juvenil y presa en Ezeiza. La ponía muy triste no tener capacidad para mentir.
Comenzó su aventura una mañana de junio, bien fresca. Se dirigió a la casa del muñeco a hacerle maldades, adornada por drogas de diseño y una colonia que había comprado en el supermercado.
Al llegar a su destino fue recibida por los padres del pequeño ser. Estos se iban al cine. Ella tenía tres horas para hostigar al niño con la bufanda.
En sus primeros intentos no lograba salirse con la suya, dado que un muñeco no puede expresar ningún sentimiento porque vida no tiene, hasta que algún espíritu le sopló la posta.
La joda pasaba por hacer tanta fuerza en cada intento de estrangulamiento que la misma generara un calambre en el costado de la mano. Esto hacía sentir a Clotilde más viva que nunca, que aparte cargaba con la culpa de sentir que despreciaba cada detalle del mundo porque sentía que ni Dios la podía conmover.
Se pasó toda la tarde disfrutando sus calambres, hasta que, de pura impotencia, rompió un viejo espejo que adornaba el living. El mismo estalló en cientos de partes pequeñas, donde ella se veía reflejada.
Lo truculento del asunto es que cada imagen mostraba una Clotilde diferente.
Convivían la humanista, la suicida, la torturadora, la cruel, la buena, la empática, la simpática, la antipática, y así podría seguir mucho tiempo describiendo todas las Clotildes.
Algo que la caracterizaba era su cleptomanía, pero no le gustaba robar objetos; más bien, momentos.
Disfrutaba arruinándole buenos momentos a la gente, pero en esta situación se encontraba fuera de lugar.
Primero, porque ya no sabía cuál de todas las Clotildes de los pedazos del espejo era ella; segundo, porque, como el muñeco no podía sufrir, no le podía robar la felicidad; y tercero, porque los padres iban a tardar otra hora en volver.
Se decidió por la clásica opción de la hoguera que tanto usan los avinagrados y prendió fuego el departamento de Recoleta. Las llamas alcanzaron a la madre del pequeño y le quemaron un brazo, arruinándole su salida al cine.
Y lo curioso es que la mujer no había vuelto al departamento todavía. Simplemente, ella podía hacer carne todo lo que adentro de su casa ocurriera, motivo que la obligó a salir cagando de vuelta en búsqueda de su amado Pinocho. El padre del juguete la acompañaba, desconsolado.
Al llegar a su departamento se encontró con las ruinas más tristes de su vida. Clotilde se había salido con la suya. Producto de la exitosa quema, le había robado un momento de felicidad a la pareja.
Milagrosamente, el muñeco se encontraba bien, porque la vieja maldita le había tomado cariño.
En una vuelta de tuerca exquisita por parte del destino, el Pinocho cobró vida y se encarnó en un represor de represores.
El éxtasis de toda venganza.
Sin dudarlo, le dio un beso a Clotilde y un abrazo muy fuerte.
Ella, al no haber tenido amor nunca, quedó descolocada. Sintió con mucha fuerza unas ganas raras de colgarse de la ventana con una soga que siempre llevaba en caso de emergencia.
Pese a su deseo de ser inmortal, se quitó la vida delante de los padres y del ahora verdugo de la resentida.
Todos terminaron bailando cumbia y poniendo muecas hasta las cuatro de la mañana.
Clotilde nunca pudo volver a Barracas.



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