Aquella fábula del siome que andaba en joggineta por todas partes.

Antes de que me la cuenten, había escuchado (así nomás) algo al respecto, pero nunca le había dado bola.

Resulta que Juan Manuel vivía en Buenos Aires hacía 8 años, no encajaba, si bien lo habían incluido un poquito, el extrañaba aburrirse como un hongo.

Tenía fascitis plantar, y le costaba pisar bien, las calles de Parque Patricios no ayudaban para nada.

En la esquina de Caseros y Pedriel había una casa de turismo, en la vidriera tenían una promo de un tour por España que incluía fotos de Valencia, el tipo no podía ni pasar por ahí porque se le piantaba un lagrimón.

Es que era oriundo de la Comunidad Valenciana, tierra de velocidad y contracultura global, no se encontraba a si mismo en la lentitud e imbecilidad absoluta de Capital Federal.

Había comenzado una dieta inflamatoria, la idea era que cada parte de su cuerpo quede roja como un tomate, entonces desayunaba un vino de cajita todas las mañanas y una vez inflamado esbozaba una sonrisa.

Por las tardes se sentaba a tomar café y se quedaba leyendo las pelotudeces que vienen escritas en los sobrecitos de azúcar, indignado y preguntándose cómo garcha había hecho esa sociedad para llegar a dónde había llegado sin extinguirse antes.

Dada la envergadura de su soledad, decidió usar su tiempo en el mundo para limpiarse todo el mal karma que traía de vidas pasadas.

Abrió una cuenta de Only Fans, el tipo vendía mucho contenido porque tenía una mirada que fácilmente delataba el inocultable púlpito ridículo a donde estaba subido.

Casi como al caballo de San Martín podría decirse, pero como no sabía quién era San Martín esta comparación no tiene valor.

El dinero ganado lo usó para invertir en acciones de empresas armamentísticas, cada vez que veía un bombardeo con civiles mutilados, el tipo salía corriendo a sacarse una foto como si estuviera oliendo mierda.

La ponía en venta y generalmente se la vendía a un asiático solterón y aniñado de 40 años.

Inmediatamente invertía el dinero de la venta en timba digital.

Todo muy lindo, pero le costaba mantener el personaje, se tenía que cuidar, amaba comer ravioles en las fondas de la zona y de a poco le fue creciendo una pancita igual a la que alguna vez había imaginado ver crecer en el cuerpo de su ex novia.

Eso también era un problema, no había podido ser padre porque nunca había dejado de ser hijo.

Cuando se ofendía pataleaba sobre el piso, y jamás contestaba un mensaje privado, le clavaba el visto a toda la gente porque eso lo hacía sentir realizado.

Llegó a estar tan aislado que no podía hablar, pensaba que cada palabra venía con el peso de todas las que antes había dicho, por eso a veces no se podía mover de la cama.

A su alma la sentía como toneladas de piedras plantadas por los servicios de inteligencia en las inmediaciones de su psiquis.

Después de mucho tiempo el centrifugado mental ya era insostenible, fue perdiendo el pelo, la risa y la esperanza.

Se le murieron las ganas.

Invadido por un viejochotismo inédito, fue a retirar la guita de la billetera virtual pero ya no había nada porque un vecino YouTuber le había hackeado la cuenta, había llegado la paz de ser un croto.

A todo esto estaba enojado porque se habían terminado las guerras y las muertes inocentes que lo ayudaban a ganar dinero,

Sin inmutarse, Juan Manuel agarró su guitarra y se la metió bien en el orto.

Desnudo y con el instrumento en un lugar tan incómodo, agarró el matagatos que le había regalado un cartonero y se dignó a salirse de su propia miseria.

Apretó el gatillo y enseguida se le apareció el Arcángel Rafael.

Fue tal el jabón que se dio, que terminó volviendo a nacer en su Valencia natal. 

Apenas volvió a generar conciencia en una nueva vida, volvió a prometerse suicidarse en cuotas.

Pastilla por pastilla, sumó una cantidad nada envidiable de malos hábitos, que a cuentagotas lo fueron matando otra vez.

Esto pasó, pasa y volverá a pasar.

Juan Manuel vive adentro de un loop.



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