El ocaso de Fulanito, bombas en el periné.
Fulanito había llegado a la triste conclusión de que era mandatorio vivir permanentemente en un estado de confirmación de paz total, de saber que todo estaba en orden y no había nada que atajar.
Esto lo obligaba a vivir comprobando todo el tiempo el correcto funcionamiento de cosas tan disímiles como el gobierno, su organismo y su auto.
Se levantaba a las 12:00 del mediodía, miraba para un costado y enseguida se volvía a acostar, por momentos concluía que el estado de somnolencia era mucho mejor que insertar la llave al salir, de la puerta de su departamento en Almagro.
La bendita llave le resultaba imperfecta, la cerradura, la puerta….todo lo veía mediocre, medio ocre, miedo al ocre.
Las veredas, las líneas de la esquina, la parada del Bondi, los carteles de los kioscos, todo era cuestionable y motivo de su exasperación.
Solía salir sin sentido a la calle, a dar vueltas, y era frecuente que lo atravesara la hilarante sensación de anda caminando por la vida, sosteniendo sus órganos todos apretados adentro de la bolsa de carne que le habían manufacturado sus progenitores.
Pensar en el hecho de cruzarse con algún compañero de la escuela y simular una charla normal era un trigger point para que se le disparara la cabeza a la mega verga, el estado normal y casual de las cosas lo brotaba.
Se le había vuelto imposible mantener un diálogo frívolo siendo consciente de que adentro de su cuerpo convivían estómago, riñones, hígado , etc.
Simular cierta pasividad no era una opción, adicto a encontrar cisnes negros, se le hacía quijotesco tomar un café.
Como si él hubiera tenido que dar todo por sentado y todo supuestamente debiera funcionar a la perfección, misma ley aplicaba psicológica y emocionalmente al gobierno y al devenir de las cosas, a la fragilidad del tiempo.
También se enredaba mucho con su auto, Ford Ka 97.
Primero fallaron las luces, y las arregló.
Después la calefacción, eventualmente un amigo se la recauchutó toda.
Finalmente el tanque de agua, tuvo que repararlo, y esto le costó más caro que los otros arreglos.
Paralelamente en su físico se planteaba un escenario parecido.
Primero su rodilla derecha, que fue operada.
Después su hombro, que también se hizo amigo de los cuchillos.
Ahora le había tocado el turno a su lumbar y las piernas.
Confundiendo todo, como si se tratara de una mimetización, Fulanito no sabía separar sus dolencias de las de su auto.
Motivo por el cual, aquellas charlas ocasionales en encuentros fugaces con compañeros de la escuela, no solo le traían alguna inquietud inesperada por su salud, sino también por su querido Ford Ka.
A toda distracción la atravesaba otra, y así, un bucle desesperante.
Entre tantas cirugías había dado con un especialista en periné, músculo que se le contracturaba todos los días.
Este buen hombre le había propuesto algo sumamente interesante, la joda era hacer una apertura en el periné e instalar una cremallera, de modo que el cuerpo sumaba un bolsillo natural.
Medio canguresco, medio pelotudo.
Así las cosas, se hizo la intervención y comenzó a utilizar ese espacio para guardar bombas de gas lacrimógeno.
Se le hizo costumbre abrir el cierre, sacar una bomba y lanzarla, en cada encuentro callejero con gente que había quedado rota.
Les aceptaba la charla, les hacía algún guiño cómplice y cuando se juntaban la risas suyas con las de la otra persona, tiraba una bomba y quedaban todos llorando y vomitando bilis.
Rechazar al rechazado era como un rechazo al cuadrado, todo lo bueno que Fulanito había sido, ahora era el equivalente en actitudes viles.
Una tarde de Mayo de 1923 salió a la calle y de lejos vio a un conocido, se apresuró para ir a saludarlo, y eventualmente lanzarle una bomba.
Al acercarse bajó su mano hacia el periné, abrió la cremallera, pero no encontró nada.
Fue metiendo la mano cada vez más adentro, lo que motivó la desesperación de la gente que pasaba, la imagen era totalmente inédita.
Finalmente tocó algo, y de la nada ese algo le apretó bien la mano, resulta que era otra mano que lo estaba tirando con toda la fuerza hacia adentro.
Fulanito hizo todo el esfuerzo para zafarse, pero fue en vano.
Esta mano de su interior ganó el tironeo, y la piel de Fulanito quedó toda dada vuelta.
En el piso quedaron sus órganos desparramados, justo al lado del Ford Ka que estaba estacionado, todo desajustado y atado con alambres.
Lo que quedó vivito y coleando fue el gobierno con su respectivo estado ausente, que tanto le gusta parir Fulanitos.


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