La Paz de los Lemmings.

 

Sultanito vivía adentro del talón izquierdo de Inés, había logrado mandarse a hacer una microscópica puerta de estilo francés, esta daba a un pasillo repleto de garabatos ilegibles colgados en la pared. 

Al final de este pasillo se encontraba otra puerta, que daba su departamento, completamente plagado de antigüedades que había comprado en remates o en ventas desesperadas que solían hacían familiares de de enfermos terminales para cubrir los gastos de cuidados.

Sultanito estaba en pareja con Guadalupe, una chica muy sencilla que vivía en el talón derecho de Inés, de familia aristócrata, Guadalupe le cargaba la cruz a Sultanito, sin chistar.

Esto se había dado de a poco, al principio ella lo hacía para demostrarle su amor y hasta dónde era capaz de sanarlo, pero con el tiempo lo que era un simple acto de cariño se fue convirtiendo en un abuso por parte de Sultanito.

A él le pasaba que se sentía totalmente abstraído, ante cualquier estímulo, todo lo colapsaba.

Los quehaceres, sus dolores neuropáticos, una carrera frustrada con la música, la cara de pelotudo del vecino, y el Reguetón que entraba por la ventana le habían destrozado la producción de serotonina.

Un café, apilar la ropa limpia, limpiar la caca del gato….todo era excusa para pedir a los gritos ayuda a Guadalupe, que venía corriendo a sostenerle la cruz.

Sultanito andaba con la inquietud que le generaba no saber qué fuerza hacía mover su avatar, qué tipo de electricidad mágica lo hacía posible.

Cruce entre ángel y mono, sacaba a pasear su desasosiego todos los días, la gente lo evitaba con motivo de sobra, algo que Sultanito disfrutaba en silencio.

Sus vecinos, amigos y familiares políticos se habían dado cuenta que Guadalupe no aguantaba más, completa ignominia de la cual ya nunca iba a poder salir Sultanito.

Pero había un problema, que hacía todo más jocoso, y a su vez desalentador, una contradicción envidiable para aquellos que vienen al mundo a desear no saber nada de nada.

Resulta que el boludo este de Sultanito procesaba el dolor ajeno y lo llevaba al cuerpo, padecía de una mediumnidad de mierda que le habían regalado, pensando que le hacían un favor.

El cansancio era tal, que toda creación divina le resultaba aburrida y redundante.

Las Cataras del Iguazú, el atentado a las Torres Gemelas, la Segunda Guerra Mundial o el taladro de su vecino le daban igual.

No veía ningún tipo de distancia entre que lo acribillaran como a Rucci o ganar 2 millones de dólares.

Solo insistía, incansablemente, en que no había ningún derecho en que los hechos catastróficos interrumpa “La Paz de los Lemmings”

Guadalupe andaba cabizbaja y sin energía, entraba y salía del talón derecho de Inés, sin saber a dónde ir.

Ella también tenía sus resquebraduras, se quejaba de haber llegado al mundo sin un manual, lo consideraba un cuarto intermedio.

Ni ella, ni él sabían manejar su cuerpo, mezcla de sistema complejo de conexiones con todo tipo de líquidos, fluidos, carne, uñas y pelos.

Cansada de sostener su cruz, le pidió a Sultanito por favor que la sostenga él, ante la negativa Guadalupe lo abandonó y se puso de novia con Jere, un vecino que vivía en el dedo gordo del pie derecho de Inés.

Jere era de familia bien, se garchaba a su hermana y repetía como un loro que la culpa era siempre del otro.

La cruz de Jere no pesaba, era de papel, entonces Guadalupe sin problema la cargaba de un lado al otro.

Después de años de cargar la pesada cruz de Sultanito, cargar la de Jere era un paseo.

Una tarde el retardado del vecino del taladro, que vivía en el dedo anular del pie izquierdo de Inés, se puso a tirar petardos con los hijos, mientras comían una paella y se rapaban el pelo a los costados.

Un petardo cayó cerca de la cruz de Jere, en un pispás la llamarada dejó la cruz hecha cenizas, ahora Guadalupe ya no tenía que cargar ninguna cruz.

Medio que se sintió sin causa, sin leitmotiv.

Con los ahorros de toda la su vida, fue corriendo a una santería a comprarse una cruz propia, pero se habían agotado hace rato, ya todos los giles tenían su cruz original.

Por suerte en el chino vendía cruces de plástico, más baratas, y de todos los colores, truchas pero lindas.

Guadalupe volvió contenta a su casa, dejó la cruz de plástico en la entrada y a los pocos minutos se puso de novia con una IA.

Todo era más liviano, tan liviano que a la primera ventisca salieron todos volando al carajo.

Ahí fue cuando arrancó el embole de Inés, que agarró su cruz y la puso en oferta para que la cargue cualquier orate.

Comments