El enano, la cosa, la milésima de segundo y la concha de su madre.
Con una milésima de segundo bastaba para que aparezca el relato aburrido de toda su vida.
Simplemente el asunto pasaba por mirar a los ojos de esta cosa, y ahí en un pispás las amigas Esclerótica y Córnea notificaban el embole al espectador.
La cosa en cuestión se pasaba cruzando la frontera que ahí anda, a veces en la cocina de su casa, a veces en la calle, a veces en su cama.
Sin pasaporte, entraba y salía de la vida (no moría, eso sí que no), se iba al otro lado a mojarse los pies en la orilla.
Entre atrapada/o entre el aburrimiento y la fascinación, se le hacía un moco las 24 horas del día.
Deseosa/o de que le practicaran una traqueotomía, esperaba sentada/o a que llegara la carta de la Seguridad Social.
En su cuestión interna sabía que ni la eventual llegada del propofol antes de la intervención le iba a levantar el ánimo, la verdadera joda arrancaba en el post operatorio.
"Cursos de neuromodulación, aprender a hablar y tragar otra vez, y el aparato que le iba a dejar la voz que siempre quiso tener"
Dado lo dictatorial de estar vivo, y la respectiva condena que viene con cada dictadura, simplemente había llegado al punto de dejarse llevar de las narices por un grupo de enanos pelados y cizañeros, sin talento alguno, y con un complejo de Edipo nada envidiable.
De casualidad uno de los enanos solía divertirse con su propio peristaltismo, motivo por el cual alguna charla tuvieron, compartían eso al menos.
Ambos fueron tratados con algo innovador para la época, la ahora totalmente subestimada endoscopia mental.
La idea era que se relajen un poco con sus respectivos trabalenguas, ellos/ellas (no se qué onda el enano) no querían relajar la musculatura por miedo a que les chupen el alma desde arriba (o abajo) con una mega aspiradora interestelar.
La tensión los aferraba a todo esto.
Venía bien con la amistad, hasta que el enano confesó que se llamaba Felipe y tenía un puesto imaginario de fotocopias en la Ronda Nord, ahí la pobre cosa se dio cuenta que no era joda.
Llamó con una velocidad no permitida (en una milèsina de segundo) a la ambulancia que lo/la vio nacer, tan así que resultó astringente para el paladar del enano y su mal aliento interminable.
La ambulancia lo/la llevó de vuelta y sin escalas a la concha de su madre.



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